escritos políticos

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Tsahal
Un ejército de bárbaros

En Nablús, al caer la noche, el clima de terror que ha impuesto el Tsahal, ese ejército de vándalos pertrechado con un arsenal impresionante, se vuelve más violento. Todas las noches docenas de vehículos llenos de soldados invaden la ciudad asediada. Pero en los últimos tiempos la población de Nablús está más oprimida y perseguida que de costumbre.

La noche del 17 de julio, tras la detención de cuatro de los suyos, unos jóvenes tiraron una bomba contra una patrulla y mataron a un soldado israelí. A raíz de este suceso la población esperaba un recrudecimiento de la represión colectiva.

No se hizo esperar. La noche siguiente, antes de las doce, varios F16 y avionetas teledirigidas sobrevolaron la ciudad y más tarde llegaron los tanques y los jeeps. Los soldados disparaban a diestro y siniestro y las balas que resonaban contra puertas y paredes hacían un ruido ensordecedor. Era angustioso. Los escasos clientes del hotel nos juntamos en una habitación con un puñado de empleados. En presencia de un ejército tan terrorífico, la vida de estas personas —sojuzgadas por Israel, obligadas a esconderse en espera de que termine esta locura— no valía nada.

Eso era lo más insoportable: la superioridad armada de estos colonizadores brutales —oriundos de Brooklyn, Buenos Aires, Marsella, etc.—, imbuidos de su supremacía y servidores de un Estado cuya política se basa en despreciar al otro, al palestino, al árabe.

¿Cómo pueden unos seres humanos pisotear así la humanidad de los demás, que incluyen a miles de niños aterrorizados, viejos, enfermos del corazón, mujeres embarazadas y a tanta gente buena, servicial y generosa como en ningún otro lugar del mundo, personas que saben que van a morir por el sólo hecho de ser palestinos, una nación entera despojada de sus derechos, despojada de todo lo que hace soportable la vida? Les da lo mismo. Sólo el racismo contra los árabes puede explicar su comportamiento.

Humillados en los terribles puestos de control, condenados a una miseria inimaginable, con los cuerpos marcados por múltiples heridas, muchos de estos palestinos han sido apresados, maltratados brutalmente por los torturadores del Shabak [servicio israelí de inteligencia interior] y los soldados que invaden sus callejones, protegidos tras las rejillas de sus jeeps, mientras profieren por altavoces insultos de carácter sexual o religioso en árabe —los palestinos nos los han traducido y son cosas como “putos árabes” o, dirigidos a las mujeres, “putas mujeres y hermanas”—. Unas mujeres que, contrariamente a los prejuicios difundidos en Occidente, son muy respetadas por los hombres en la sociedad musulmana. Todas las noches se quedan vestidas para que no las sorprendan en camisón esos soldados que entran dando una patada a la puerta, en busca de “terroristas”, que violan la intimidad de los hogares, que obligan a las mujeres a salir a la calle.

Los palestinos son los naturales de un país llamado Palestina. Israel se ha apoderado de casi todo, el 90%. Hay cinco millones de palestinos refugiados. Otros cuatro millones malviven en las franjas de tierra más pobres y marginadas. Pero no cabe la menor duda: siempre que haga falta, lucharán. Hay que decirlo de una vez por todas: los que Israel llama “terroristas”, “forajidos”, “fanáticos”, y nuestros medios complacientes “activistas”, en realidad son civiles, inocentes, un padre de familia, un niño, cuya dignidad y honor le empuja, cuando no puede más, a responder con un gesto violento a la brutalidad permanente del ejército de ocupación.

Cuando estás aquí sientes una impotencia inenarrable y una rabia enorme contra todos esos Estados democráticos que hablan de paz, de derechos humanos, de democracia, mientras permiten que Israel cometa estas salvajadas. Rabia también contra los periodistas que difunden la propaganda de Israel o, en todo caso, escriben reportajes asépticos.

Rabia también contra esos personajes cuya argumentación infecta conocemos bien —como Bernard Ravenel, Dominique Vidal, Michel Warshavsky, Michele Sibony, Pierre Stambul o Richard Wagmann [1], por limitarnos a Francia—, esos que siempre recurren al anatema del antisemitismo para impedir que las personas lúcidas y sinceras clarifiquen el debate y planteen iniciativas que puedan ayudar de verdad a los palestinos oprimidos. Mientras acusaban de antisemitismo a quienes deseaban la victoria de la resistencia palestina, respaldaban a la elite palestina que colaboraba con el ocupante. Objetivamente no hacen más que lloriquear sobre los palestinos cada vez que la brutalidad de Israel les resulta demasiado embarazosa.

Sientes vergüenza. Vergüenza de pertenecer a esta sociedad que ha sembrado ilusiones entre los palestinos y luego les ha traicionado, que sigue practicando la caridad con ellos y decidiendo en su lugar lo que les conviene.

Los disparos aterradores han durado dos horas. “Así es como interpretan a Beethoven”, comentaba mi vecino con una flema asombrosa. Fusiles ametralladores M16 y M18 con munición de 250 y 500, para los entendidos, y con los cañones de los carros, con los Doska que hacen enormes agujeros en las paredes y mutilan a la gente de un modo espantoso.

Hay que recordarlo: es un ejército equipado para combatir contra otro ejército. Pero lo que tiene enfrente no es ningún ejército con verdaderos soldados, sino civiles.

Al cabo de un par de horas callaron las armas. Sorprendentemente, los soldados se marcharon de madrugada sin detener ni matar a nadie. La gente permaneció todo el día alerta, preguntándose qué significaría esto, qué estarían tramando, aún más amenazador.

Los soldados volvieron a la noche siguiente, en batallones. Tomaron posiciones donde nadie se lo esperaba, alrededor de un edificio administrativo, separado de la ciudad vieja, donde según se comentaba, «se habían refugiado un centenar de sospechosos que no tenían dónde esconderse». Nadie podía acercarse a la zona y la población, desde la mañana del 19, no sabía lo que estaba pasando. Mientras escribo esto la operación continúa. No está claro si dentro del edificio, que los soldados han destruido, había un centenar de “forajidos”. Lo cierto es que 150 miembros de la seguridad israelí se presentaron allí en las primeras horas del asedio. Y que los disparos y los explosivos han causado víctimas, seis muertos y 60 heridos, entre ellos un enfermero.

Quizá parezca algo insignificante comparado con las terribles noticias que llegan de Líbano. Pero todo esto, desde el año 2000, ya ha segado la vida de mil niños y varios miles de adultos, por no hablar de las decenas de miles de mutilados. Su calvario aún no ha terminado.

La guerra que Israel ha extendido a Líbano forma parte de lo mismo: se trata de destruir a los pueblos que se resisten a su barbarie.

Silvia Cattori

Traducido para Rebelión y Tlaxcala por Juan Vivanco



[1Responsables de la AFPS y la UJFP, que desfiguran la realidad al hablar de «paz justa en Israel-Palestina», como si se tratase de dos partes con la misma responsabilidad, cuando Israel es el verdugo y Palestina sus víctimas


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- Eine Armee von Barbaren
- Une armée de barbares